de Eleonora Valentini

de Eleonora Valentini

BIENVENIDOS A BORDO

Bienvenido a mi universo interior para quien encuentre en él un pedacito del suyo.


Me deleita desear el mejor viento solar. En este saludar late un venerar a la pulsión de poesía que arde en el viento del sol y un mensaje de fuerza, energía e infinita esperanza.


"Que el viento solar sople siempre en tu camino"

lunes, 18 de octubre de 2010

¡Marrichiweu! (“diez veces venceremos”)


La lengua mapuche, el Mapudungún, que significa idioma de la tierra, y su cultura, me atrapa de sobremanera. Es tan rico y tiene tanto para dar, tanto que enseñar, tanto que profundizar, que es mi intención en este artículo difundir y contarles acerca de su lírica y evitar de esta manera la propagación de un parricidio literario.

by Eleo.

La lírica del Mapudungúm

Tensionada entre la tradición y la integración, la lírica en mapudungún (lengua mapuche) vive hoy un momento estelar, con nombres propios y tendencias que señalan algo más que un afán arqueológico. La naturaleza, los mitos ancestrales y la lucha contra la pérdida de identidad, son los temas fundamentales de esta poesía que hoy tiene autores de sobra reconocidos, como Elicura Chihuailaf, Jaime Huenún y Leonel Lienlaf.

Cuenta la historia (¿o será una leyenda?) que un periodista le preguntó a una machi: “¿Dónde están las pirámides de ustedes? ¿Por qué los mapuches no las construyeron, como los aztecas o los incas?”. Y ella respondió: “Te equivocas, nosotros las hicimos hacia el interior”.

Tal vez ese monumento invisible sea el que aflora actualmente en la poesía mapuche. El género, a través de la oralidad, se remonta hasta la aparición del pueblo originario, pero su expresión escrita surge recién en el siglo pasado. El ensayista Jaime Valdivieso identifica tres períodos: en las décadas iniciales fue el poema de resistencia y reivindicación de la cultura desplazada; luego vino el lamento por la pérdida de identidad; y todo confluyó, hacia fines de los años 80, en una poética de mayor elaboración literaria. El proceso no se ha detenido. Incluso en el presente es posible delimitar dos clanes distintos, representados por Elicura Chihuailaf y Jaime Huenún, quienes se disputan el liderazgo entre los poetas de la etnia, hoy por hoy galvanizados por un supuesto boom del género que es premiado, editado y distribuido sin ningún complejo cultural. Este súbito despertar, sin embargo, no está exento de tensiones y recriminaciones, un clima que finalmente ha sido el de todos los movimientos poéticos que se han abierto paso entre el rigor y la indiferencia del medio.

Elicura Chihuailaf.

Es lo que delata, a su vez, cada autor. Caminando por un paseo Ahumada colmado de gente, de pronto se ve llegar a Elicura Chihuailaf, alto, de rostro moreno y anguloso, con barba; viene algo extraviado entre la multitud. Lo acompaña la poetisa Graciela Huinao, cuyos textos fueron incluidos en la reciente antología bilingüe de LOM Ediciones Epu Mari Ülkatufe ta Fachantü (20 Poetas Mapuche Contemporáneos), selección de Jaime Huenún. Ella nació en Osorno, pero ahora vive en Santiago. Al poco rato se define como discípula de Chihuailaf. Esto significa que adhiere al concepto de “oralitor”, acuñado por el poeta de Quechurewe, y que equivale a una transición: vendría a ser el paso entre la oralidad en que se manifiesta la cultura mapuche y la escritura de esas tradiciones traspasadas de una generación a otra. Es un cántico entonado junto al fogón, en las comunidades del sur. El trasvase a la palabra escrita permitiría comunicarse, enlazando el “diálogo ancestral” con la gente de otros orígenes. Pero esta operación tiene sus riesgos, el principal de los cuales es la falta de un solo alfabeto de la lengua mapuche.

Para Chihuailaf, en cualquier circunstancia, lo más importante es la experiencia. Así se observa en su poemario De Sueños Azules y Contrasueños, reimpreso en marzo de este año por Editorial Universitaria. Sus versos trasuntan la cosmovisión aprendida de sus abuelos y padres, sobre todo el conocimiento de la naturaleza austral y de los mitos fundacionales de su pueblo; pero, asimismo, hablan de su visión personal del tiempo, el amor y la muerte. Si bien no se concibe como un poeta de investigación literaria, acepta los influjos de Jorge Teillier y Pablo Neruda. La palabra clave es azul, porque es el color del oriente, desde donde habrían arribado los primeros mapuches a poblar este rincón del planeta. Simboliza, además, un sentimiento: la ternura, el amor al terruño. Sin embargo, rechaza racionalizar la mitología, arguyendo que su cultura indígena no se limita a lo mensurable. “Rahue es el lugar de la pureza, donde reside lo positivo y lo negativo; juntos crean un equilibrio. No poseemos una religión, sino una espiritualidad, y uno puede optar por la preservación de ambos aspectos para saber cómo conducirse con dignidad”.

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