Ahí no había tiempo, ni calendarios, ni nombres propios. Solo la brisa tibia de lo que pudo ser y sin embargo sigue siendo, aunque nadie lo vea.
Una noche, ella llegó primero. Traía en la mano los restos de un sueño: un espejo que la reflejaba sin ceja, agua que purificaba, una antigua versión de ella que al fin había muerto. Lo depositó todo en el suelo, como quien deja ofrendas.
Al rato llegó él, sin hacer ruido. Se miraron como se miran dos que ya se reconocieron en otra vida.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó ella.
—Lo de siempre —respondió él—. Cuidar este lugar para que no arda.
Entonces se sentaron bajo las escaleras del claro —sí, incluso allí había escaleras— y apoyaron las espaldas, no uno en el otro, sino juntos contra el mundo. Porque sabían que ese sitio no pedía decisiones, solo presencia.
El hilo rojo brilló apenas, como un latido, y por un instante, el universo recordó que hay amores que no necesitan cumplirse para ser verdaderos.
by Eleo
18/11/2025

